3.8.09

by slipinthesystem

Bueno pues, esta historia comienza conmigo, en un diván de la Clínica de Cirugía Oral y Maxilofacial del Centro de Estudios de Posgrado de la Facultad de Odontología (A 100 metros del metro C.U.). Llegué puntualmente a mi cita, como suelo hacer en todas mis citas. Ya tenía un mes que mi dentista jugaba con mis emociones diciéndome que ya, ahora sí, la próxima semana te sacan esas muelas. Yo estaba emocionadísima con eso porque ese sería el primer gran paso significativo (porque los braquets son aparte) para alcanzar la meta: mi operación de mandíbula.

Como iba diciendo, yacía yo en el diván, con el corazón arriba esperando a que me asignaran mi doctor y pudiera empezar mi cirugía; fue entonces cuando aparecieron el Dr. Rodolfo y la Dra. Vanessa (dos médicos no mayores de 30 años) y me empezaron a interrogar: que cuántos años tienes, que a qué medicamento eres alérgica, te has fracturado, cuántas lenguas hablas, alguna indígena, a qué bueno, yo tampoco y así por el estilo. Cuando acabó el interrogatorio me dijo la doctora, bueno Claudia, o Verónica , qué te gusta más -Claudia-, bueno, a mí se me facilita decirte Verónica, así que, Verito, recuéstate; acto seguido, me recosté.

- Oiga, doctora, ¿me va a dejar los huecos ahí o va a suturar? Es que me dijeron que cuando hacen puntos es más difícil.
- No, no te preocupes, a lo mejor sí voy a ponerte unos cuantos puntos porque dos de tus muelas ya están erupcionadas. (Olvidé decir que eran cuatro las muelas que me iban a quitar)
- Bueno, gracias.
- Pues, a ver, vamos a empezar. Recuéstate bien, por favor… eso mero. Te voy a cubrir la cara (para que no veas los chorros de sangre, omitió) y vas a sentir todo lo que haga pero no te va a doler, bueno, si te duele, me dices para que te ponga más anestesia. Mira, no te voy a mentir, lo más doloroso es la anestesia pero luego de eso lo demás ya no es nada.
- Ah bueno. Gracias, no hay problema. (¿Qué otra cosa podía decirle?)

Y así empezó.

Tenía ansias de saber, de verlo todo, de seguir con la mirada los múltiples instrumentos empleados en la operación, pero nomás vi la jeringota de la anestesia y mejor cerré los ojos. Sentí todos los piquetes; el más doloroso, el del paladar, sí me doblegó un gemidito. Lo demás no iba a ser nada o ¿a poco no dijo eso la doctora? En efecto, lo más destacable de la operación fueron los crujidos de las muelas al soltarse de sus nervios, pero nada más. Quiero agregar que durante el procedimiento, mi felicidad siempre estuvo ahí, desde que me llamaron en la sala de espera y hasta que me dieron mi hojita de recomendaciones, yo no dejé de sonreír (o así lo intentaron mis escasos músculos activos).

Total que cuando acabó la operación me fui caminando al metro, escondiéndomele al sol y mordiendo fuertemente una gasa, tal cual me lo había ordenado la doctora. Llegué al andén y me subí al primer vagón que encontré con asientos disponibles. Hacía un sol precioso y, como yo estaba del lado de la sombra, podía disfrutar de su contemplación plácidamente.

En eso estaba cuando entró al convoy uno de esos muchachos que venden chiclitos, que no hablan porque son mudos (o eso creía yo), y me estiró la mano para ofrecerme su producto. Tengo la costumbre de mirar a esa gente a los ojos, sonreírles y decirles que no, que disculpen y muchas gracias; así que se me olvidaron las circunstancias especiales en las que me encontraba e hice lo mismo. De mi boca salieron unos soniditos raros ohaja y no sé si en vez de sonrisa le saqué la lengua, el caso es que me miró como si nunca nadie le hubiera dedicado una sonrisa tan hermosa en todo lo que llevaba de comerciante en el metro y me tomó de la mano, me la estrechó y la besó. Uno no sabe con qué clase de gente se topa entonces decidí no hacer nada, permitirle, después de todo era solamente un cortés beso en la mano. Pero de repente que me da otro y, de repente, se sienta y de repente, me besa el hombre y yo “ah carajo, ah carajo”, ¿desde cuando eso se considera cortesía?, entonces, con otra sonrisa, lo aparté de mi lado y le dije que hjhjmm. El balbuceó algo y se quedó ahí sentado. Me le quedé viendo un rato, como esperando, pero nada. Ya se había cerrado las puertas y era imposible que me bajara del vagón así que me quedé, eso sí, viendo para el otro lado, con la vista atenta al fascinante túnel Copilco-C.U.

Llegamos a la estación Etiopía/ Plaza de la Transparencia y él comenzó a comerse su mercancía. Como ya llevaba mucho tiempo haciéndole al cuento, viéndome las manos, decidí que era hora de voltear a ver en qué estación íbamos. El notó que estaba buscando la calcomanía de las estaciones de la línea, entonces me picó el hombro y produjo unos sonidos guturales mientras señalaba el techo, ¿Qué hacía? Le dije como pude, que no lo entendía y supuse que él tampoco a mí porque se me quedó viendo y se volteó.

Me hice mis hipótesis: A lo mejor sintió un vínculo, a lo mejor esa falta de palabra lo hizo sentirse más cerca de mí, a lo mejor le hace falta amor, dije. En eso, suena un tonito turu tu rururur tururú… no era mi celular, era el suyo.
- Bueno…qué pedo, aquí estoy wey, en el metro…. Jajajajajaja, simón… ¡ah! No te muevas, voy para allá cabrón, ´horita te alcanzo…

Se me cayeron mis hipótesis, se me desvanecieron mis fantasías: no sólo él sí podía hablar sino que aparte lo hacía perfectamente. Le volvió a sonar su teléfono y ahora sí, como cinco minutos estuvo hablando. Al parecer, llevaba junto a mí al vendechicles más popular de la Línea, porque recibió tres llamadas más que duraron más o menos lo mismo.

No hubo vínculo, no hubo besos corteses, ni siquiera hubo niño mudo… solamente estaba yo y mi cara inflamada.


Clau.